11 Bienal de Artes Mediales. Nuevos campos y créditos de autonomía.

octubre 2013

Categories: Texts

Toda tecnología tiende a crear nuevos entornos humanos. En este contexto,  los entornos tecnológicos no son pasivos recipientes del pensamiento humano, por el contrario, éstos pasan a formar parte de los procesos activos que reconfiguran el cotidiano de las personas. Pero estas determinaciones del entorno social también involucran otros campos de investigación que recogen algunos cuestionamientos sobre la estrecha relación entre ciencia, tecnología e interacción social. Un tema que la cultura visual ha dilucidado a través de sus códigos e imágenes.

Es indudable que esa búsqueda por transformar la naturaleza, una cuestión que no sólo nace del trabajo de la ciencia y la tecnología, nos confirma que somos parte de una naturaleza que se transforma mediante la praxis social. El sujeto humano vive en una sociedad, comparte sus valores y existe bajo dimensiones activas en el mundo. No somos simples receptores de un mundo en el cual hemos nacido, más bien buscamos modificar la realidad. Además, son esos hechos que desfiguran estas transformaciones, las que moldean un pensamiento tecnologizado y que redunda en objetos e imágenes que han sido incubadas en nuestro hábitat. No obstante, lo que realmente implica comprender este capital cultural humano, nos ha demostrado las peculiaridades de la comunicación actual ante modelos de pensar y crear que han sido fecundados desde la ciencia y la tecnología.

Y es ante estas reflexiones que la contingencia de las artes visuales, en la ciudad de Santiago, analizan el rol de la propuesta curatorial que ha sido presentada en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) con ocasión de la 11va Bienal de Artes Mediales (BAM). Dicho de otro modo, es desde este lugar donde podemos reformular modelos de intervención de la ciencia y tecnología que son alternados dentro de varias propuestas de artistas visuales, músicos y científicos. Por eso, esta versión de la BAM refresca la interacción social con nuevos métodos que expanden, a través de diversos puentes creativos, las implicancias de su acción que, a estas alturas, ya está acreditada dentro del sistema de difusión del arte contemporáneo en Chile. De esta manera, es posible comprender que la propuesta curatorial anuda un pensamiento político sobre la colectividad e interlocución, que ha desplazado discursos contrapuestos en el arte contemporáneo local. Asimismo, la BAM articula, bajo tres enfoques, la exposición general: “Tecnología de la Autonomía”, “Artes espaciales” y “Arte y ciencia, historia y contexto actual”, un asunto que indudablemente enlaza una frecuencia expositiva que impone nuevas conductas, por ejemplo, para estudiar la colección del MNBA y repasar varios contextos, territorios y paisajes.

Por esos motivos, es fundamental comprender que este proyecto de “Bienal” acarrea un sin número de créditos que fecundan un sello curatorial y de interacción con la ciudad de Santiago. En este caso, la denominada autonomía de la BAM circunda un conocimiento científico y tecnológico que está presente en cientos de estrategias que entretejen los problemas que enfrenta la imagen del quehacer artístico dentro de una cultura. Por consiguiente, este proyecto traslada su lógica ante un marco social definido, un sistema económico colapsado y los escrúpulos de un carácter ecológico incipiente. También esta edición recoge parte de los conceptos generales de las dos últimas bienales, una situación que es resultado de las metodologías curatoriales que apuntan a ciertos preceptos que posee la cultura visual cada vez más inmiscuida con el entorno. A su vez, la BAM es esencial para transportarnos hacia los sitios que cautivan una investigación, una colección de archivos y “objetos de arte” frente a las variantes del medio ambiente.

La BAM no sólo expone en el MNBA, sino que aprovecha las características que posee ese emblemático lugar para promover otros espacios que apliquen una discusión exhaustiva de sus enunciados. Por lo que, una forma de ilustrar lo que ocurre en la BAM 2013 es aplicar un análisis sobre tres proyectos. Uno de ellos es la de Fernando Godoy, un ingeniero y músico que reside en la ciudad de Valparaíso y que en la BAM nos presenta, sobre las ramas de un árbol contiguo al museo, varios dispositivos electrónicos autónomos y de comportamiento impredecible que lleva por nombre Phototropes (2011). Estos beam robotics son una comunidad que no imita a la naturaleza sino que más bien la limita entre el susurro de sus chips hackeados y la disposición de coexistir sobre ese arbusto. Es decir, esta operación interna de los dispositivos funciona en base a un “mal uso” del circuito integrado. Un hecho al que Godoy somete a estos beam robotics para asignarles menos energía de lo que el manual de instrucciones establece. Operación y camuflaje que vuelve interesantes los sistemas electrónicos, más aún cuando la fuente de energía proviene de la luz solar.

Mientras, en el hall principal del MNBA, el colectivo MICH (Museo Internacional de Chile) crea una propuesta sobre la fracasada historia de poner en orbita el primer satélite chileno. Un objeto que llevaba por nombre Fasat Alfa y que nos invita a explorar las implicancias de este revés para un país que desde hace mucho tiempo ha anhelado visualizarse desde el espacio. Por lo mismo, MICH estudia la imagen presente en ciertos despropósitos existentes en proyectos de este tipo frente a las nimiedades de un país como Chile. Entonces, al recoger estas inquietudes, tengo la sensación que el concepto Fasat Alfa más que una anécdota ostenta esas relaciones del Estado chileno con la ciencia y la vinculación política que ha generado la tecnología más allá de la esfera espacial. Por lo que, Satélite de Madera (2013) es una obra que asimila la desdicha imbuida en las proyecciones sociales que artesanalmente están siendo utilizadas por las tecnologías entre los ciudadanos y personas comunes. Al parecer, no intuir lo elemental de este revés nos acerca a una genuina comprensión de lo tecnologizado. Así Satélite de Madera es una quimera que involucra a un video, unos volantines y un par de esculturas que representan un espacio autónomo de exploración medial pero sobre una base malograda.

Finalmente, en una de las salas del museo Matthew Neary exhibe su obra La Papita (2012-13). En primera instancia, esta propuesta me recuerda una de las emblemáticas obras del argentino Victor Grippo, pero lo que más me interesó de esta artista visual chileno es que invita a comprender no sólo un complejo sistema interrelacionado que conduce energía, sino que también examina el estigma de la tecnología frente a los enlaces que nos trae sus consecuencias. Obviamente este asunto no viene por añadidura, ya que La Papita reproduce cierta predestinación que poseen las dispersas prédicas sobre la protección del medio ambiente, pero a través de su lucrativo y burdo desparpajo. Unas papas pueden transmitir energía con la ayuda de unos clavos, pero su presencia desfigura a la ciencia misma, un aparato tecnológico y, por sobre todo, la influencia que revoca en la luminosidad de una bandera chilena. En este sentido, la trama que implementa este artista ironiza con la propia huella que ha dejado una obra y lo que idealmente delatan estas papas bajo modelos tecnológicos cada vez más inconexos y pretenciosos.