Aparatos para un territorio blando

agosto 2016

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Los mortales habitan en la medida en que reciben el cielo como el cielo; en la medida que dejan al sol y a la luna seguir su viaje, a las estrellas su ruta, a las estaciones del año su bendición y su injuria; en la medida en que no convierten la noche en día, ni hacen del día una carrera sin reposo.

Martín Heidegger

 

El paisaje del desierto y sus peculiares características se han convertido en un alucinante laboratorio para el trabajo de campo del artista visual Francisco Navarrete Sitja. Pero también podría afirmar que la particularidad que posee en si mismo el desierto lo ha anclado a esa tierra, y es bajo esta perspectiva que él ha articulado sus ideas. A través de algunas imágenes y videos que él mismo ha producido, es indudable que su cuerpo ha sido interceptado por esa naturaleza deshidratada y algunos hitos geográficos que rodean a ese emblemático lugar. Por lo que ante la reflexión que me impone su práctica artística analizo, esquemáticamente, como ha interpretado esos paisajes y todo lo que éstos visibilizan a la hora de enfrentarnos a una exposición. Es por eso que al momento de indagar y revisar parte de los archivos que constituyeron su residencia en el Centro del Desierto de Atacama en el Oasis de Niebla de Alto Patache, en la región de Tarapacá, me atrevo a escribir que podríamos estar frente a una sinopsis que establece nuevas lecturas sobre un desierto que desde sus entramados geográficos expande insólitas atmósferas. Un espacio que es cada vez más estudiado, pero que sin embargo ha sido siempre un desafío para la visión del arte contemporáneo en Chile.

Ante este preámbulo, las operaciones de este artista no solo han anexado un par de procesos socio-históricos y políticos que ha expuesto la condición multicultural de este rincón de Chile, sino que también él trata de especular sobre las constantes amenazas ambientales que éste sufre, por ejemplo, ante la extracción indiscriminada de sus recursos naturales, hechos que pueden ser reflejados al observar la nociva infraestructura industrial que rodea ese espacio. Es por esta razón que más allá de imponer una comprensión sobre la noción de paisaje, aquí lo que ocurre es que este artista trata de abrir un análisis donde lo que él exhibe pueda ser retocado bajo la óptica de un meticuloso trabajo científico que descubrió ante la lectura visual y las extenuantes caminatas sobre ese salino desierto.

Además podemos agregar a la propuesta expositiva de Navarrete, bajo el título de Aparatos para un territorio blando, que muestra la urdimbre de imágenes que aparecen para iluminar los procesos vitales que van entrelazando las abstracciones biológicas y químicas que emergen en Alto Patache. Cada imagen obturada, procesada y angulada por este artista nos lleva a pensar que el desierto despierta con la camanchaca y que duerme con el viento. En este sentido, la misma locación ha sucumbido ante otras figuras que aparecen y desaparecen producto de una de las protagonistas de esta exposición: la nubosidad ambiental.

En Aparatos para un territorio blando constatamos cierta heterogeneidad en la predilección por este sitio, una perspectiva que nos enfrenta a una gran diversidad de planteamientos epistemológicos acerca del modo en el cual se basa la obra de Navarrete. Dentro de su praxis y estudio “no tradicional”, él ha utilizado el paisaje como pretexto para abarcar otras estéticas, cobijar diferentes ideas ante la enigmática oscuridad diseñada para este proyecto. Navarrete no circunda una práctica expositiva desde la ya reconocida convencionalidad que ha expuesto la escena del arte, por lo que podríamos comprender que todo su planteamiento nace de las circunstancias emotivas que ha conservado con ese lugar tarapaqueño. Es más él nos propone una estética de la condición del desierto que amplifica un entorno repleto de metáforas objetuales, visuales y audiovisuales; pensadas y diseñadas como una reacción fisiológica ante la camanchaca.

Por otro lado, en este proyecto el estudio del paisaje es utilizado como un subterfugio ante la multiplicidad de referentes que suscribe una pauta científica y que recoge, reseña y clasifica los distintos elementos que nos ilustra la naturaleza tales como rocas, líquenes, grietas, caliche, efectos y modulaciones lumínicas del ambiente, por nombrar algunos. Junto a estos vínculos y configuraciones que el desierto impone, el paisaje logra ser percibido como una aleación que está constituido por varios elementos terrestres y ambientales. Por ejemplo los sonidos capturados y ensamblados tensionan la misma técnica que por otro lado nos presenta el componente audiovisual elaborado con stop motion. Un acoplado que en este espacio está generando cierta expectación al ver, con poca nitidez, la superficie que exhibe señas cromáticas y vibraciones atmosféricas escenificando lo que yace visible.

La lógica de esta exposición sirve para destrabar las imágenes de un sitio de exploración y para que otros cuestionen su fisonomía frente a los heterogéneos puntos de vista que pueden sostener una variedad de conceptos del trabajo de campo de un artista y su incansable articulación con la intemperie. Navarrete al exhibir materialidades alternadas por el color, la luz y el sonido encara al vago, impreciso y polivalente significado que muestra a grandes rasgos el paisaje del desierto. Y si deseamos concluir todas las diatribas que han aflorado en esta exposición, recreamos un objeto de estudio que pasa por representar hechos multidisciplinares acerca de un espacio que siempre será reformulado en cuanto a su dimensión material y atmosférica.