El Impermeable Castillo de la Pureza

agosto 2014

Categories: Texts

Desde hace un tiempo, las exposiciones de la dupla Joaquín Cociña y Cristóbal León han concitado el interés de la escena santiaguina, entre otras cosas, por el simple hecho de trasladar un taller hacia un lugar concertado solo para “exposiciones de arte” como lo es un museo. No obstante ese desplazamiento y viaje sintomático de producción va más allá de lo que la exposición relata. Y es bajo estas reflexiones cuando El Castillo de la Pureza, instalado en el MAC Quinta Normal, contextualiza acciones in-situ para narrar, desde distintas visualidades, lo que el espectador interioriza, enfrenta y le concede a este proyecto.

Básicamente esta exposición es una escenografía que rompe y des-plastifica la forma de observar una instalación y, en si misma, nos acerca a los vestigios de otras acciones trabajadas por Cociña y León. Esa teatralidad patentada en todo ese paisaje es una representación que puede ser clasificada dentro de una extensa fisura, exponiendo lo que un set de trabajo puede articular. Pero a través de estos aspectos, ligados a la problemática de su gestión, vemos como la hibridación de disciplinas y prácticas diversas son un irrefutable prototipo para exhibir desde dibujos hasta videos, por ejemplo.

Una casa, otra más pequeña, una terraza de verano, pizarras y seres extraídos desde una secuela paranormal aparecen y desaparecen en la escena. En otros rincones los aparatos que son parte de la muestra interfieren en las opiniones de quienes la visitan. Un aspecto que nos propone indagar en los códigos que atraen al espectador y que tácitamente interactúan con esta intrínseca propuesta. Es más, si existe una relación público-instalación que avale los ambientes de Cociña y León, nos acercamos paralelamente a un espacio narrativo que trata de sitiar sus símbolos y conceptos.

Por otro lado, y siguiendo lo expuesto, el público deja de ser un receptor especializado ingresando voluntariamente a este espacio. Espacio dedicado específicamente para que los artistas lo tomen y enfrenten a ese público que demuestra susceptibilidad y que al mismo tiempo puede ser considerado un coproductor de los procesos que redireccionan intenciones diversas y resultados, a priori, desconocidos

La secuencia de estos desechos y encatrados proponen, dentro del museo, varias ramificaciones que ponen en tensión las ritualescas figuras que han construido para ella. En este caso los artistas, sin argumentarlo previamente, han establecido una dialéctica ininterrumpida que produce por un lado esta exposición y por otro las formas de rebote con el público.

Ahora, desde otro extremo, veo en este caso que la noción de instalación juega un papel específico para asociarla con vertientes difusas que no han definido la conducta de este proyecto. Es por eso que El Castillo de la Pureza formatea una actitud que, con rigor, exterioriza ideas que mutan a cada instante. Por lo que al recorrerla una y otra vez verifico que el argumento no concluye ahí sino que irá constantemente adosando formulas a todo ese montón instalativoActo que desde su idea inicial ha privilegiado la discusión pública ante la práctica democrática de participación museal. Un carácter que emerge esencialmente desde estas prácticas colaborativas y que descentralizan la critica a una realidad ajena pero no lejana.

A través de un video, unas canciones travestidas por una singular voz y sobre la textura de las hojas de otoño, diseminadas por el lugar, El Castillo de la Pureza justifica una serie de peculiaridades que comprenden cabalmente el fenómeno artístico y expositivo: lo que proponen los artistas y lo que el público absorbe de ellos.